Ya no imaginamos como antes, estudios revelan baja en la habilidad de crear independientemente
Cómo el mundo hiperestimulado le quita trabajo al cerebro de nuestros hijos, y qué pueden hacer los padres al respecto
Hay una escena que se repite en cualquier casa con niños hoy: el aburrimiento dura, en promedio, unos treinta segundos antes de que aparezca una pantalla a resolverlo. No hace tanto, ese mismo aburrimiento era el punto de partida de un juego inventado, una historia contada en voz alta, un dibujo, una tarde entera reconstruyendo un mundo imaginario con lo que hubiera a mano. La diferencia no es que los niños de antes fueran más creativos por naturaleza. Es que su entorno los obligaba a ejercitar la imaginación con más frecuencia, y el de hoy los libera de esa obligación casi por completo.
Esto no es solo una impresión generacional. En 2011, la investigadora Kyung Hee Kim, de William & Mary, analizó cerca de 300,000 resultados del Torrance Test, la prueba estándar de pensamiento creativo usada en Estados Unidos desde 1966, y encontró que mientras el coeficiente intelectual promedio seguía subiendo, los puntajes de creatividad venían cayendo de forma sostenida desde 1990, con la caída más marcada justamente en las medidas de originalidad. El estudio se conoció como «la crisis de la creatividad» y sigue siendo, hasta hoy, la referencia más citada sobre el tema.
Hay un mecanismo que ayuda a explicar por qué. A finales de los años ochenta, la psicóloga Patricia Greenfield comparó a niños que escuchaban un cuento por radio con niños que veían el mismo cuento en televisión. A quienes solo lo escuchaban, se les pedía imaginar visualmente la escena; su cerebro tenía que construir la imagen. A quienes lo veían, la imagen ya venía resuelta. El resultado fue consistente: el grupo que escuchó produjo respuestas más originales e imaginativas; el grupo que vio recordó mejor los datos de la historia, pero imaginó menos. Greenfield lo llamó la «hipótesis de la visualización»: cuando el medio ya hizo el trabajo visual, al espectador le cuesta más despegarse de esa imagen prestada y construir la propia.
Ese patrón se repite con el aburrimiento mismo. La psicóloga Sandi Mann demostró en un estudio de 2013 que las personas que acababan de pasar por una tarea aburrida rendían mejor después en pruebas de pensamiento creativo que quienes no habían pasado por ese aburrimiento. Su explicación: cuando no hay estímulo externo, el cerebro sale a buscarlo hacia adentro, y ese proceso de divagar, de soñar despierto, es precisamente donde nace buena parte del pensamiento original. Un teléfono siempre a mano elimina ese estado de aburrimiento antes de que tenga oportunidad de producir nada.
Nada de esto significa que la capacidad imaginativa de los niños de hoy esté dañada o perdida. Significa que se usa menos, porque el mundo que los rodea rara vez se lo exige. Un niño que quiere ser astronauta ya no necesita inventar cómo sería eso: existen películas, series, videojuegos y ahora imágenes generadas por inteligencia artificial que se lo muestran resuelto, casi siempre reciclando ideas concebidas hace décadas. El cerebro que antes tenía que imaginar, hoy solo tiene que consumir.
Qué pueden hacer los padres
La respuesta razonable no es prohibir la tecnología ni fingir que el mundo puede volver a 1950. Es introducir, de forma deliberada, los espacios donde el cerebro todavía tiene que trabajar:
Contar cuentos en voz alta o escuchar audiolibros en lugar de ver la versión filmada, sobre todo antes de los ocho o nueve años, cuando ese ejercicio de visualización interna tiene más impacto. Dejar tramos de aburrimiento genuino sin resolver con una pantalla; no es negligencia, es donde ocurre buena parte del pensamiento original. Priorizar actividades que exigen producir algo desde cero: dibujar, tocar un instrumento, escribir, actuar, armar algo con las manos sin instrucciones que seguir. Exponerlos a la cultura y el arte en vivo, museos, teatro, música en directo, en lugar de solo su versión digital, porque la experiencia presencial exige una atención y una interpretación que la pantalla no pide. Asignarles responsabilidades reales dentro de la familia, cocinar, cuidar una planta, resolver un problema doméstico, que los conecten con consecuencias tangibles y no solo simuladas. Y, cuando usen tecnología, que sea para crear, no solo para consumir: que graben, editen, programen o construyan, en vez de limitarse a mirar lo que otros ya produjeron.
Ninguna de estas medidas exige rechazar el mundo moderno. Exige recordar que la imaginación, como cualquier otra facultad, se atrofia por desuso y se fortalece con ejercicio, y que la tarea de un padre hoy no es proteger a sus hijos de la realidad, sino asegurarse de que su mente siga teniendo motivos para esforzarse en construirla.
Fuentes: Kim, K.H. (2011). «The Creativity Crisis: The Decrease in Creative Thinking Scores on the Torrance Tests of Creative Thinking.» Creativity Research Journal, 23(4), 285-295. Greenfield, P. et al. (1986/1988). «Children’s Creative Imagination in Response to Radio and Television Stories» / «Radio vs. Television: Their Cognitive Impact on Children.» Mann, S. & Cadman, R. (2014). «Does Being Bored Make Us More Creative?» Creativity Research Journal, 26(2).




