Medellín, ciudad del narcotráfico de Pablo Escobar, intenta cambiar su imagen

Medellín, Colombia (EP) • En la parte más alta de uno de los barrios pobres en las laderas de Medellín, desde donde se divisa un laberinto de chozas con techos de hojalata, decenas de residentes empujan carretillas y mezclan cemento mientras dos pandilleros pasan rápido en una moto.

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Medellín, la segunda ciudad de Colombia

 

Los habitantes de la zona están ayudando a construir una red de caminos pavimentados, zonas verdes y canales de drenaje alrededor de la segunda ciudad de Colombia.

El cinturón verde actuará como un amortiguador para contener la expansión de barrios marginales y el nuevo parque como una zona en la que la gente podrá caminar y hacer deporte.

Esta es la última de una serie de iniciativas de la oficina del alcalde, Aníbal Gaviria, destinadas a barrios pobres y peligrosos que buscan cambiar la imagen de Medellín, conocida hasta hace unos años como “la capital del crimen” y una ciudad controlada por los carteles de la droga.

“Estoy orgulloso de ser parte de este cambio y hacer que mi comunidad esté mejor. Es algo que puedo decirles a mis hijos y nietos que hice. Y me da un trabajo”, dijo el jardinero Kelly Ossa, mientras tomaba un descanso en su labor.

Aunque la ciudad ya no está a merced de Pablo Escobar, el jefe del Cartel de Medellín, que murió en un intento de fuga en 1993, otros grupos del crimen organizado, como la Oficina de Envigado, que tiene sus orígenes en Escobar y nuevas bandas vinculadas a ex paramilitares de derecha, reinan en muchas zonas pobres donde los residentes son sumamente desconfiados de las autoridades.

CONVENCER A LAS PANDILLAS.

Convencer a los escépticos residentes, así como a las pandillas, es clave para una transformación visible en toda la ciudad: los barrios pobres, casi siempre olvidados, ahora cuentan con parques, jardines, gimnasios al aire libre, escuelas, juegos infantiles y centros comunitarios donde ensayan orquestas juveniles.

En la colina de otro barrio pobre, tres piedras monolíticas negras rodean la Biblioteca España, un espacio con galería de arte, auditorio y salas de lectura, un ejemplo más del cambio de imagen de Medellín.

“Me gusta hacer mi tarea aquí. Es tranquilo e Internet y las computadoras están libres”, dijo Sara Rentería, una adolescente que utiliza la biblioteca casi todos los días desde que abrió en el 2007.

Tras más de una década de promover la regeneración, Medellín es una ciudad bien posicionada para alcanzar la meta de mejorar los barrios pobres y así asegurar viviendas accesibles con servicios básicos para todos para el 2030.

“COMBOS”.

Los barrios marginales ocupan laderas enteras que rodean Medellín y en ellos viven alrededor de la mitad de los 2,5 millones de habitantes de la ciudad, incluidos los inmigrantes y otras familias que han huido de sus hogares rurales para escapar de los combates de un conflicto interno de más de medio siglo entre guerrillas izquierdistas, paramilitares y el Gobierno.

La mejora de la seguridad y la desaparición del imperio de la cocaína de Escobar se han reflejado en un desplome de la tasa de homicidios de la ciudad en casi un 90 por ciento desde el récord de 380 por cada 100.000 habitantes en 1991.

La lucha por el control territorial en los barrios marginales entre las facciones enfrentadas en el conflicto de Colombia ha disminuido en los últimos años.

Pero a pesar de esto y de los cientos de millones de dólares inyectados en las zonas pobres, las pandillas armadas vinculadas con el narcotráfico o “combos” siguen siendo poderosas.

“Tenemos combos que reinan las calles”, declaró el rapero Jeihhco, un líder de la comunidad, que se crió y vive en la Comuna 13, una de las más difíciles de Medellín.

El artista afirma que ni el Estado ni la policía controlan las comunas, y que son las pandillas las que imponen la ley.

Jóvenes desempleados y pobres que no participan en proyectos de integración son presa fácil de los narcos que buscan reclutar mensajeros, informantes y traficantes de drogas en las calles que controlan.

El reclutamiento forzado, las amenazas y la violencia por parte de estas bandas obligaron a más de 2.000 personas a dejar sus hogares en Medellín el año pasado, según la oficina del defensor del pueblo de la ciudad.

TODO UN RETO.

Ganar la confianza de los residentes de barrios marginales y la aprobación tácita de los líderes de pandillas para realizar programas de renovación es un reto importante, admiten los funcionarios del gobierno local.

En el proyecto de cinturón verde de la Comuna 8, Joaquín Humberto, que trabaja como oficial de enlace entre la comunidad y la oficina del alcalde, afirmó que ha recibido amenazas de las pandillas que le exigen dejar la zona.

“Al principio (…) el Estado era visto más como un enemigo que un aliado. Era visto como represivo, su única presencia era la policía que entraba con armas de fuego”, dijo Humberto.

Unos 2.500 residentes han trabajado en el proyecto del cinturón verde, en vez de contratar a personas de fuera del vecindario, ayudando a generar confianza y sentido de pertenencia a la comunidad.

 

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